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Reseña Histórica de Mazatlán
Desde mucho tiempo antes de la llegada de los españoles a estas tierras, el lugar que ocupa Mazatlán ya era conocido por los navegantes que se aventuraban por estas latitudes y se les conocía como las “Islas de Mazatlán”, debido a la configuración del terreno que las hacía aparecer como tales. El lugar estaba compuesto por un gran número de esteros y lagunas, de los que sobresalían montículos y pequeños cerros que daban la sensación de pequeñas islas, lo cual dio motivo al nombre con el que se le conocía.
El sitio estaba semidesierto, grupos indígenas compartían el lugar con una fauna tropical, donde abundaba el venado, del cual proviene el nombre indígena de Mazatlán.
Su fauna se remonta hasta la prehistoria, ya que en hallazgos casuales se han encontrado en los alrededores, huesos de animales enormes, ya desaparecidos desde hace varios milenios, lo cual nos confirma su presencia de muchos años atrás.
Los indígenas que habitaban estos lugares vivían de la caza, de la pesca, de la siembra y recolección de frutas y semillas de la región. Abundaban las especies mayores de animales, como el venado, el jabalí, el tigre, el puma y el berrendo, y entre los de menor tamaño: tejones, mapaches, armadillos, tlacuaches, zorras, y muchos más; de las aves, podemos mencionar variedades de patos, cojolite, chachalaca y variedades de palomas y aves acuáticas, que proporcionaban la carne necesaria. Aún hasta nuestros días, a pesar de la llegada de los hombres de habla hispana y sus armas de fuego, y del enorme desarrollo urbano, Mazatlán sigue siendo un paraíso cinegético.
La pesca era y sigue siendo muy abundante en esta zona. El pescado formaba parte principal de la dieta de los primeros pobladores, lo cual influía en las características físicas de estas gentes, que tenían una constitución fuera de lo común: altos, dos metros de estatura promedio, delgados, por lo general sumamente ágiles y muy diestros en el uso del arco y la flecha, que usaban para la caza y la pesca, así como para defenderse de las agresiones de las tribus que bajaban de la sierra en correrías de despojo a las tribus de la costa.
Dominaban la alfarería a las mil maravillas. Por las piezas de cerámica que nos han dejado y que abundan en él area de Mazatlán, podemos constatar la presencia de hermosísimas vasijas, principalmente del tipo doméstico, las cuales nos remontan hasta el horizonte preclásico de mesoamérica. Manejaban el barro a la perfección. Las figurillas y vasijas que han aparecido son verdaderas obras de arte y constituyen un testimonio vivo de como vestían, con sus adornos y tocados, así como las decoraciones que se hacían en la cara y el cuerpo. Hasta la fecha, al transitar por estos lugares, es fácil dar con el cacharro o ídolo a flor de tierra, lo que nos da una clara idea de la abundancia de cerámica en el área de Mazatlán.
No tenían construcciones monumentales ni edificios de material sólido; la casa que habitaban eran de troncos de árbol, lodo y palma. Es fácil transportarse con la imaginación a las aldeas de la época prehispánica, pues todavía existen poblados aledaños al puerto donde se puede localizar este tipo de viviendas, muy cómodas para el clima tropical y muy semejantes a las que construyeron los primeros pobladores de Mazatlán, hace varios cientos de años.
El español Nuño de Guzmán hizo su entrada al noroeste de México en el primer tercio del siglo XVI y puso sus ojos en todos aquellos pueblos y lugares de interés para la colonia. Mazatlán no se quedó fuera de la codicia de los españoles, Nuño de Guzmán, sabedor de que don Hernán Cortes se encontraba en los alrededores de estas playas y temiendo que éste le ganara la posesión del lugar, después de fundar Culiacán mandó a veinticinco castellanos a poblar las islas y valle de Mazatlán, el domingo 14 de mayo de 1531, día de la pascua del Espíritu Santo, como así lo hace saber el padre Ray Antonio Tello en sus crónicas misceláneas de su época.
Así llegaron los primeros españoles que tomaron asiento en el puerto. Transcurrieron varios años y Martín Hernández y su familia reclamaron el derecho de estas tierras, por los servicios prestados a la corona, de cuidar el puerto y dar ayuda y protección a todo aquel viajero que se aventuraba por estos lugares. El capitán Rodrigo de Olvera, después de escuchar estos argumentos y contando con el consentimiento del Lic. Cristóbal de Aragón y Acedo, teniente gobernador y capitán general de las provincias del noroeste, el 20 de septiembre de 1636, confirmó la posesión de estas tierras al propio Martín Hernández y su familia. La extensión era de cinco leguas de longitud desde el paraje nombrado “La Cantera”, al “Puesto de Montiel”; otras tantas de latitud desde la “Boca del Río” al “Gabino de Zacanta”, con dos ensenadas, la una de nueve leguas hacia el poniente y la otra de cuatro leguas hacia el sur, hacia el paraje nombrado “El Huizache” o “Piedras Labradas”, como lo demuestran las mojoneras de cal y canto que lo demarcan.
Mazatlán, a principios del siglo XVII, todavía en condición agreste, era un terreno irregular sembrado de cerros y marismas y con raquítica vegetación, que se defendía de la presencia de aquellos primeros veinticinco castellanos que mandara el señor Nuño de Guzmán y les hacía la vida verdaderamente imposible. La falta de agua era uno de los principales problemas, pues la que se consumía era la que recolectaban durante las lluvias. El suelo era salitroso y el agua que extraía de él no era propicia ni siquiera para regar, menos para ingerirla. El primer intento de colonización fracasó, pues aquel grupo de españoles se vio en la necesidad de emigrar hacia los márgenes del río Presidio, en un paraje llamado el bajío en busca de agua y buenas tierras a escasos 25 ó 30 Kilómetros del puerto, compartiendo el lugar con tribus aborígenes que habitan esas regiones por la misma causa.
Nuevamente la naturaleza flageló a los españoles empeñados en la conquista de estas tierras, y con el mas decidido propósito de establecerse definitivamente, regresaron derrotados por una gran creciente del río, que los dejó sin casa, siembras, ni pertenencias. Nuevamente ocuparon las faldas del cerro del antiguo vigía, hoy cerro de la Nevería, y se quedaron definitivamente como dueños y señores del puerto.
Los territorios de Sonora y Sinaloa ya habían sido adjudicados por aquel aguerrido y ambicioso fundador de ciudades que a nombre de sus majestades católicas venció, pero nunca dominó a los indios de la región, y acompañado de los misioneros de la Compañía de Jesús trató de conquistar las almas y las ricas minas de oro y plata de la región. Nuño de Guzmán, a nombre de reyes de España, logró sofocar las rebeliones de los indios que, por su parte, jamás fueron vencidos en toda la extensión de la palabra.
La paz que reinaba en el puerto era relativa, perturbada por uno que otro barco pirata que se aventuraba por estas costas en busca de agua o comida; por eso fue que las primeras actividades de estos colonizadores se concretaron a defender el lugar de estas incursiones y a dar garantías a los caminantes españoles que se aventuraban por estas latitudes.
Como el grupo que vino a habitar el lugar era gente de Nuño de Guzmán y su actividad principal fue la guerra, contaban con armas y municiones. A los castellanos se les llamó mulatos o milicianos pardos por ser de color, de origen probablemente árabe. Eran incultos, no tenían ninguna instrucción, lo que motivó que no se guardara documentación o archivo de esa época. No sabían leer ni escribir y se sentían la autoridad del área, utilizando a los naturales como bestias de carga para edificar las primeras en las atribuciones del antiguo cerro del Vigía, lo cual les permitía detectar la llegada de cualquier embarcación al puerto.
Al transcurrir el tiempo, empezaron a llegar visitadores de la colonia. El puerto ya había nacido; el occidente de México era invadido por una población humana en pos de conquista; se fundó el presidio de Mazatlán como apoyo a las actividades de la colonia.
Los españoles establecidos en Concordia, Pánuco y el Rosario, sentían necesidad de un comercio marítimo y una ruta por donde sacar el mineral y las maderas preciosas que extraían de estas tierras. Mazatlán seguía poblándose, aunque sin ningún orden ni gobierno planeado.
Las noticias que llegaban a los reyes españoles a través de los visitadores, eran alarmantes; se necesitaba establecer un gobierno organizado para evitar la anarquía. El crecimiento urbano avanzaba en medio de un gran desorden, las casas eran construidas de manera provisional, donde mejor les acomodaba a sus moradores y sólo para su provecho personal; el gobierno de los “Milicianos Pardos” se ejercía sin control ni forma por su falta de instrucción.
Los contrabandos por agua se repetían cada vez con mas frecuencia; la población aumentaba; se levantó la primera iglesia de Mazatlán a mediados del año 1700. En ella celebraban misa en su visita a estas tierras, por el año de 1865, el obispo Pedro Tamarón y Romeral, y en el informe de su visita nos dice que para esas fechas el puerto se compone de mulatos que gobierna un capitán de ellos mismos, que se provee en el virreinato; que preside un teniente cura y que ya pide cura propietario; que tiene iglesia nueva, aunque no de mucha amplitud, dedicada a la Purísima Concepción, y que en este recinto celebró misa.
La forma más accesible para llegar al naciente caserío que formaba el incipiente puerto, era por agua, por la ruta que marcaron aquellos indígenas, primeros navegantes en la región y que sostenían un comercio constante entre los pueblos o tribus de la costa. Por los esteros se tenía comunicación directa con el presidio de Mazatlán, después Villa Unión, donde se encontraba el punto de apoyo para la colonia; surcaban las aguas, embarcaciones hechas de troncos de árbol, donde transportaban frutas, semillas y ganado pues podían soportar cinco toneladas o más de carga. El número de veredas o pequeños caminos se multiplicaba, pero sin un trazo definido. Se necesitaba comunicar el puerto viejo con los esteros, en los puntos donde convergían en las canoas con mercancías y víveres para los primeros pobladores.
Las primeras veredas se fueron ampliando hasta tomar forma de calles; alrededor de ellas se agruparon las nuevas casas y así surgió la primera arteria, que por su importancia llevó el nombre de “Principal”, hoy (Belisario Domínguez), calle que tenia al puerto viejo con un nuevo fondeadero, que surgía mas cobijado para pequeñas embarcaciones y que quedaba conectado con las aguas del estero, ruta interior marítima del puerto.
Así transcurrieron casi doscientos años en la vida de aquel pueblo que surgió con la llegada de los 25 castellanos del señor Nuño de Guzmán, sin muchos avances. La más importante batalla se había ganado contra el inhóspito terreno, y la población seguía multiplicándose. La necesidad de un puerto era imperiosa, y a fines del siglo XVIII ya funcionaba como tal, con muchas deficiencias, pero el número de mástiles de veleros se destacaba, cada vez en mayor cantidad, en el horizonte. La población flotante extranjera se hacía cada vez más notoria. El tráfico marítimo se manejaba todavía desde el presidio de Villa Unión. La colonia tenía en ese lugar a las autoridades formales y desde luego, a la aduana.
El puerto nace y florece. Inicia sus verdaderas actividades. Ya en 1800 su comercio se desarrolla, se integran las autoridades formales, inicia su avance, recibe barcos cada vez de mayor calado, y se vaticina que será la Atenas de occidente.
En el decreto municipal No. 9 expedido por Raúl Ledón Marquez el 25 de octubre de 1979, en el que se señala al año de 1531 como el de la fundación de Mazatlán.
En el decreto municipal No. 4, expedido por José H. Rico Mendiola el 10 de febrero de 1981, en el que se precisa la fecha de la fundación: 14 de Mayo de 1531.
Enciclopedia de los Municipios de México
Sr. Sergio Aristeo Herrera y Cairo
Colaboradora: Guadalupe del Carmen Hernández Valenzuela.